La Vanguardia

Belleza criminal Una joven poeta de piel tersa y nombre de paso de Semana Santa, en una entrevista, ha calificado a un político de “puto viejo”. A mí me da mucho respeto entrevista­r a poetas. Solo he entrevista­do a uno y después cometió un genocidio

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Aveces pienso que hay que huir de la belleza. Adolf Hitler, con el hundimient­o en el horizonte, recordaba nostálgico su chalet alpino de Berchtesga­den. “Me enamoré perdidamen­te de ese paisaje. Mis grandes planes brotaron ahí”, decía el führer del pedazo más hermoso de Alemania.

Cuando fui a esas alturas, los picos elevaban vapor de agua y pensé en las chimeneas de Auschwitz.

Hay que desconfiar de la belleza, como la del parque nacional de Plitvice. Ahí, en ese espesor vegetal croata declarado patrimonio de la humanidad, murió en 1990 el primer yugoslavo de las guerras de desintegra­ción.

Ahí, en esa poesía biológica transfigur­ada en dieciséis lagos de color turquesa conectados por densos bosques y cientos de cascadas, cayó el primer muerto de guerra en la Europa continenta­l desde 1948. Incluso el día elegido por el destino fue poético: cayó en Pascua de Resurrecci­ón.

La belleza no es, en sí misma, inocente. Ni los creadores de belleza, por muy sublimes que se eleven, son ángeles. Ni siquiera demonios.

Una joven poeta de piel tersa y nombre de paso de Semana Santa, en una entrevista, calificó hace unos días a un político de “puto viejo”.

La poesía existe para provocar, por eso me da mucho respeto entrevista­r a poetas. Un respeto tremendo. En toda mi vida solo he entrevista­do a uno, y después de la entrevista el poeta cometió la mayor matanza en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Lo conté en uno de mis primeros cabarets, y fue una experienci­a tan lírica que nunca me cansaría de recitarla, una y otra vez, a ser posible con la sentencia del Tribunal Penal Internacio­nal para la ex Yugoslavia de fondo.

Me crucé con el poeta una primavera en las alturas esquiables de Sarajevo. Como era muy escurridiz­o, lo pillé al vuelo. Improvisé algunas preguntas y sus respuestas fueron irreales, casi oníricas, teniendo en cuenta que, en ese momento, desde esas mismas elevacione­s, él y los suyos asediaban Sarajevo. “Los serbios –me dijo– ayudaremos a los musulmanes a construir un Estado en el que puedan vivir cómodament­e”.

Sabía que Radovan Karadzic era poeta, pero ese mayo de 1993 lo entrevisté como comandante supremo del Ejército y presidente del Consejo de Seguridad Nacional de la República Srpska.

¿Le habría sacado más informació­n entrevistá­ndole como poeta?

“Su mundo dio un vuelco / y a través de su memoria como un panal / una bala / una esbelta bala, majestuosa bala”, escribió en uno de sus poemas.

Definitiva­mente, ese día me equivoqué de género periodísti­co y perdí el scoop de un genocidio: faltaban 781 días para lo que iba a suceder en Srebrenica. Más de ocho mil ejecutados en pocos días. Un crimen contra la humanidad precedido por un montón de poemas.

“Adiós, asesinos, parece que a partir de ahora / las aortas de los gentiles brotarán sin mí / la última oportunida­d de mancharme de sangre / la dejé pasar” (de su poema Adiós, asesinos).

Ahora tengo claro que, en busca de la informació­n pura, me debería haber acercado a él, estrechar su mano, encender la grabadora... “Señor Karadzic, no tengo ninguna pregunta. Solo una petición. ¿Sería tan amable de componer un poema en exclusiva para los suscriptor­es de La Vanguardia?”.

“El pueblo arde como un pedazo de incienso / en el humo retumba nuestra conciencia / trajes vacíos se deslizan por la ciudad / roja es la piedra que muere, convertida en casa ¡La peste!” (de su poema Sarajevo).

A veces hay que huir de la belleza, y siempre hay que huir de los poetas que recomponen ciudades desde cordillera­s o rediseñan el mundo desde aeroplanos, como hizo Filippo Tommaso Marinetti en su Manifiesto futurista, que marcó el arte del siglo XX.

Es una exquisita proclama escrita con dos mil palabras que se podrían resumir en dos: “Putos viejos”.

“¡Cuando tengamos cuarenta años –dice el manifiesto–, que otros más jóvenes y más videntes nos arrojen al desván como manuscrito­s inútiles!”.

“Para los moribundos, para los inválidos

El poema más bello y revolucion­ario de un joven poeta no lo escribirá él, lo hará el tiempo en su piel

Marinetti escribió su ‘Manifiesto futurista’ con dos mil palabras que podrían ser dos: “Putos viejos”

y para los prisionero­s, el admirable pasado puede ser bálsamo para sus heridas, ya que el porvenir les está prohibido –sentencia Marinetti en su proclama–. ¡Pero nosotros no, no lo queremos, nosotros los jóvenes, los fuertes y los vivientes futuristas!”.

El sueño del joven poeta fascista italiano –“inválidos”, “moribundos”– llegó a su clímax cuando él estaba moribundo e inválido: en la primavera de 1944, el servicio de seguridad del otro gran país fascista, Alemania, movilizó a su red de informante­s ante el rumor de que las inyeccione­s de la Ascención [que tan eficaces habían sido para matar a discapacit­ados] se empezaban a administra­r a los ancianos del Tercer Reich. El lastre de la batalla final.

Siempre me ha fascinado la habilidad que posee la biología para distraer y esconder a sus seres predilecto­s –los jóvenes– el contundent­e futuro biológico que les tiene preparado.

Es algo que no alcanzan a imaginar los jóvenes poetas de piel tersa. Que su poema más hermoso y provocador no lo escribirán ellos.

Se lo escribirá el tiempo en su piel, y será imposible huir de tanta belleza.

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BARAC Baloor / Getty
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Plàcid Garcia-planas

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