La Vanguardia

La primera pajarera

- JOSEP DOMÍNGUEZ/IMAGEN CEDIDA POR EL ARXIU FOTOGRÀFIC DE BARCELONA

La exhibición de animales feroces y exóticos como símbolo de poder viene de muy antiguo. Los ejemplos de China, India o Egipto son a tal respecto bien ilustrativ­os. Los monarcas europeos medievales también se apuntaron a esta simbología.

Se consideró que los jardines del palacio real Major de Barcelona eran un lugar adecuado para agruparlos; y otro tanto hay que decir del palacio Reial Menor, en el que había además una jaula con faisanes, francoline­s y halcones. La historiado­ra Anna Maria Adroer, quien lo ha investigad­o a fondo, cuenta que Martí l’humà mandó construir una pajarera destinada a ejemplares menores, de la que también había de cuidar Joan Caça.

Fue sólito que pasados los siglos el Ayuntamien­to copiara este estilo aunque limitado a una simple pero gran pajarera, como en el jardín del General. Y la burguesía lo imitó.

En la Ciutat Vella, el espacio era menguado y no permitía reunir grandes conjuntos. Sagarra relata con emoción en sus Memòries el cuidado que les dispensaba su madre, y los colibrís allí admirados le provocaron tal impacto al verlos por primera vez en libertad con ocasión del viaje a Tahití, que se le saltaron las lágrimas. En el Eixample, una gran terraza interior permitía dimensione­s mayores, como en la casa Miquel Boada (hoy, hotel Cotton House). Y el editor Luis de Caralt tenía repleta su torre de Ganduxer con toda suerte de pájaros cantores.

En la reconquist­ada Ciutadella, el maestro de obras Josep Fontserè había incluido en 1883 una gigantesca pajarera en su proyecto. En este caso era un elemento más en un amplio objetivo de explicació­n científica de la naturaleza, que abarcaba desde una columna meteorológ­ica hasta la reproducci­ón del mamut y la evocación de las montañas montserrat­inas, pasando por los Hivernacle, Umbracle y museo Martorell.

La pajarera fue levantada en 1887, al final del paseo de los álamos, paralelo a la calle Wellington. Después de la Exposició, mantuvo plena vigencia. De ahí que el administra­dor de la aduana de Malgrat donara en 1889 al Ayuntamien­to de Barcelona, con destino a la pajarera, un águila y dos gavilanes cazados hacía poco, al haber ya cicatrizad­o las heridas.

En 1890 y merced a una buena compra se incorporab­an un pavo real, 20 gorriones de Manila blancos y otros 16 cenizosos; 22 periquitos de la India, 18 de Brasil, 20 de Madagascar y 24 ondulados; 16 bengalíes rojos, 12 gorriones de Madagascar, 14 capuchinos bengalíes blancos, 18 cardenales y 18 pájaros de Senegal.

En 1894 se llevaron a cabo unas reformas para que los paseantes pudieran abarcar en un solo golpe de vista cuantos animales daban allí tanta vida alegre y ruidosa

Ya creado el zoo, plantaron en 1907 una pajarera nueva, con otros conceptos y objetivos que se integraran en el conjunto de la instalació­n.

Fue instalada en 1887 en el parque de la Ciutadella, al final del paseo de los álamos

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La pajarera puesta en pie evidencia la relevancia que desde el principio se le otorgó

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