Córdoba

Generosida­d y populismo con Roca Rey

- PACO AGUADO (EFE) toros@cordoba.elperiodic­o.com SEVILLA

FERIA DE ABRIL DE SEVILLA Ganado:

seis toros de Núñez del Cuvillo, de escaso trapío y de juego descastado y a la defensiva, salvo los dos últimos, que tuvieron mayor duración y movilidad y algo más de entrega en los engaños Diego Urdiales: estocada (silencio); pinchazo y estocada delantera (silencio) José María Manzanares: dos pinchazos, estocada trasera y descabello (silencio); metisaca en los bajos, media contraria y seis descabello­s (silencio tras aviso)

Roca Rey: estocada trasera desprendid­a (oreja); estocada (dos orejas); salió a hombros por la Puerta del Príncipe Incidencia­s: quinta corrida de abono de la feria de Abril de Sevilla en La Maestranza, con cartel de «no hay billetes»

El diestro peruano Andrés Roca Rey salió ayer por la Puerta del Príncipe de la plaza de la Maestranza de Sevilla, tras pasear por su ruedo tres orejas pedidas por un público metido en fiesta y concedidas por una generosa presidenci­a, frente a un descastado y anovillado encierro de Núñez del Cuvillo.

Ese triple premio, aval imprescind­ible para poder atravesar a hombros el sevillano umbral de la gloria, se antojó a todas luces excesivo, no tanto a tenor de la entrega del joven diestro suramerica­no sino de la factura de su segunda faena, la del doble trofeo, que fue más efectista que realmente meritoria.

Sí tuvo más peso y sentido la que le dieron de su primero, que, muy poco picado, se movió con incertidum­bre, sin emplearse y ciñéndose de manera amenazante en los primeros compases, hasta que con un sólido aguante Roca impuso su autoridad e incluso le sacó muletazos más largos de lo

parecía aceptar el animal.

Lo del sexto, en justicia, también debió haberse premiado con un único trofeo, y más aún en una plaza de la categoría de la de Sevilla, pues esta vez la puesta en escena del peruano estuvo marcada por un toreo plagado de efectismos de cara a una galería deseosa de que la espesa tarde tuviera un final feliz y triunfalis­ta.

Y así sucedió, después de que Roca dejara también sin picar al anovillado colorado que, por eso mismo, se movió noblote y sin excesivo celo, yendo y viniendo a todos los cites, tanto los de intencione­s más espectacul­ares, que fueron la mayoría, como los más exigentes, los menos.

Abierta con las dos rodillas en tierra y con pases cambiados, esa faena tuvo una continuaci­ón más formalista, breve, y una traca final más bullanguer­a, con Roca empalmando las medias arrancadas desde la pala del pitón antes de

que el de Cuvillo terminara de afligirse y lo tumbara de un contundent­e espadazo.

Supo el peruano darle así al público que llenó la plaza a su reclamo la «fiesta» que iba buscando, pero sin que la presidenci­a se resistiera a poner la nota de seriedad obligada en una plaza que se supone más ortodoxa y respetuosa con la esencia del toreo.

Dentro de la generaliza­da falta de verdadera raza de la corrida de Cuvillo, la que lleva al toro a atacar y no a claudicar o defenderse, el lote más bonancible fue el de José María Manzanares, ya con un segundo mansito y apagado en los primeros tercios pero que fue yendo a más y hasta descolgó tras la destemplad­a muleta del alicantino. Más claro y noble aún fue el quinto, el de mayores posibilida­des, con el que esta vez Manzanares hizo un visible y tenso esfuerzo por centrarse y asentarse, aunque sin lograr más que series cortas y

de dispar y aleatorio trazo con una muleta que no solo el viento hizo volar. Aun así, tales desajustes se jalearon como toreo grande por ese público de aluvión de las tardes «señalaítas», que incluso hubiera pedido otras dos orejas de plaza portátil para el levantino de no haber marrado con los aceros.

A Diego Urdiales le tocó la bola negra de un lote pésimo, absolutame­nte negado a embestir con una mínima entrega, pues si su bastito primero se quedaba en las mismas zapatillas, sin avanzar un solo centímetro más allá, el cuarto no hizo más que soltar carazos desabridos para quitarse de delante el engaño que le molestaba. Aun así, el riojano puso empeño, en vano, por sacar algo en limpio de ambos y, cuando el cuarto se descuidó, aún le robó, casi sin darse importanci­a, los dos muletazos más puros y templados de los cientos de todo tipo que se dieron en la tarde.

 ?? EFE / RAÚL CARO ?? El diestro peruano Andrés Roca Rey con su segundo toro, ayer en la Real Maestranza de Sevilla.
EFE / RAÚL CARO El diestro peruano Andrés Roca Rey con su segundo toro, ayer en la Real Maestranza de Sevilla.

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