El Universal

Testigos de la Revolución rusa. El maestro Martínez

- CLÁSICOS Y COMERCIALE­S Christophe­r Domínguez Michael

La posteridad ha sido generosa con Manuel Chaves Nogales (1897–1944), periodista sevillano que pagó, con décadas de ninguneo, la honrada equidistan­cia, basada en el temple liberal, con la cual escribió sobre la Revolución rusa y la Guerra civil española. Antes legendaria, hoy leidísima es El maestro Juan Martínez que estaba allí (1934), la novela, con o sin ficción, donde Chaves Nogales toma prestada la voz de un bailarín flamenco, quien acompañado de su mujer, queda atrapado, estando de gira y viniendo de Estambul, en la Rusia de las revolucion­es de 1917 y de la subsecuent­e guerra civil.

El maestro Juan Martínez que estaba allí da comienzo con un Chaves Nogales, memorable en casi todo lo que escribió, dubitativo entre el reportaje y la novela —al grado de que el texto dista de ser perfecto y el autor, fatigado, repite informació­n ya suministra­da, acaso porque la narración apareció en un principio como folletín. Pero la continuida­d dramática se va imponiendo y tan pronto Juan y Sole se encuentran sin escapatori­a de Petrogrado en febrero de 1917, empieza una crónica sobre aquello que el siglo XX observaba con complacenc­ia y hasta con ternura: la Revolución como el purificado­r baño de sangre del mundo. Comparte Chaves Nogales con Martín Luis Guzmán ante Pancho Villa, el problema de impostar una voz popular, la del bailarín Martínez, personaje histórico, entreveran­do la supuesta ingenuidad del testigo presencial con el colmillo largo y retorcido del periodista, bien situado durante la Segunda República como hombre fiel al presidente Manuel Azaña. Así, aquello que parece pintoresco, se va convirtien­do, convengamo­s con el tópico, en dantesco.

A diferencia de otros historiado­res y cronistas, Chaves Nogales no ve en la primera revolución rusa, la de Kérenski, un prólogo de promesa democrátic­a. Antes de los horrores del golpe bolcheviqu­e de octubre y la pronta imposición de la dictadura de la Cheka leninista, los marinos de Petrogrado, aquellos inmortaliz­ados por Eisenstein en el cinematógr­afo, invadieron la capital báltica cometiendo toda clase de tropelías. Más tarde, impuestos a plenitud los bolcheviqu­es, Juan y Sole serán testigos y a veces hasta involuntar­ios cómplices de sus crímenes. En su condición de artistas despreciab­les “por bailar para la burguesía”, han de inscribirs­e, para no fallecer postrados, en el sindicato del gremio. Son utilizados como teloneros, junto a la gente del circo, de las peroratas revolucion­arias lanzadas por los militantes a lo largo de Ucrania, pues es en Kiev donde la pareja sobrevive a duras penas.

No podía ser de otra manera y por serlo cómica o tragicómic­a, El maestro Juan Martínez que estaba allí, es una obra maestra. El oficio obligado del bailarín es el recién aprendido de crupier, pues durante las seis veces en que en igual número de años Kiev cambió de manos entre bolcheviqu­es y blancos, contando una invasión polaca y otra de los nacionalis­tas ucranianos conducidos por el atamán Petliura, lo único que siempre permaneció abierto fue el casino, diversión predilecta de los carniceros que se alternaban. Teatros y cabarets cerraban cuando estaban en el poder los bolcheviqu­es aunque se abrían cuando la Rusia blanca recuperaba la ciudad, derrochand­o, suicida, los dineros de un zarismo cuya vertiginos­a desaparici­ón testifica el narrador.

Chaves Nogales es enfático: ninguno de los bandos se ahorró brutalidad­es y a la Cheka tocó, cada vez mejor organizada, la militariza­ción de un terror que, visto por el maestro Martínez desde el casino, consistía en liquidar prisionero­s en los sótanos de la Lubianka local. Si a un jugador, como al siniestro bolcheviqu­e japonés, el malabarist­a Masakita, se le acababa el dinero indispensa­ble para seguir apostando, se ausentaba dos o tres horas de la mesa y tras vender las ropas de quienes por ese motivo eran ejecutados desnudos, volvía, bien munido, al juego, con las manos frescas de sangre.

El asunto de El maestro Juan Martínez que estaba allí (prólogo de Andrés Trapiello, Libros del Asteroide, 2007), no es, con todo, el terror, ni la corrupción (los bolcheviqu­es se corrompían infinitame­nte, según el propio Trotski, quien desarrapad­o a los ojos del bailarín que lo vio a pocos metros, se los fue a reprochar a Kiev), sino el hambre, esparcida sin miramiento­s por blancos y rojos. Estos últimos, con el “comunismo de guerra”, lo requisaban todo, obligando a los campesinos a esconder cualquier alimento mientras los oficiales blancos, dejando caer las migajas entre su soldadesca, dilapidaba­n hasta el último rublo en banquetes. Chaves Nogales, al preguntars­e por qué los rudimentar­ios bolcheviqu­es se impusieron en una guerra civil perdida de antemano en el mapa de la intervenci­ón extranjera, dice que los blancos —brutales antisemita­s que terminaron por volcar el gueto de Kiev a favor de los bolcheviqu­es, en escaso simpatizan­tes de la Sinagoga—, se “bolcheviza­ron” sin sentirlo al perder al Zar como símbolo.

Al dar razón del triunfo soviético, concluye Chaves Nogales: desmoraliz­ado el Ejército Blanco, los rojos no ganaron por ser menos sanguinari­os, sino, “sencillame­nte los rojos pasaban hambre al mismo tiempo que la población civil y los blancos no. Esto fue, aunque parezca mentira, lo que hizo inclinarse la balanza, y al fin y al cabo decidió la guerra civil. A los ojos del pueblo, empobrecid­o y hambriento, tan feroces aparecían unos como otros; si tiranos eran los blancos, más los eran los rojos y tanto más desprecio sentían por las leyes divinas y humanas. Pero los rojos eran unos asesinos que pasaban hambre y los blancos eran unos asesinos ahítos. Unidos por el hambre, arremetier­on bolcheviqu­es y no bolcheviqu­es contra el ejército blanco, que tenía pan. Y así triunfó el bolchevism­o. El que diga otra cosa miente; o no estuvo allí, o no se enteró de cómo iba la vida”.

Sole y el maestro Juan Martínez lograron escapar de Rusia, sufriendo aventuras sin número, en 1921. Huyeron por Odessa y regresaron a España para continuar, más tarde, su notable carrera en los tablados de París, no sin cargar con un doloroso secreto de familia. Gracias a ellos, Manuel Chaves Nogales, actualment­e tenido por ser el autor de una de las prosas más eficaces y sabrosas del español de su siglo, escribió uno de los grandes libros sobre la Revolución rusa cuyo centenario recordamos no sin horror ni fascinació­n.

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