El Sol de Tulancingo

El Poder Negro de los Olímpicos de México 68

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La historia, que va por la vida con una cámara retratando los momentos inolvidabl­es, se paró a un costado de la pista de tartán del estadio Olímpico de México 68 y apuntó al podio. Sigilosa, dejó que los personajes de esa misma historia se acomodaran uno a uno en sus puestos, y ya después, cuando la escena se hacía madura y entre los murmullos de la gente alcanzaba un clímax inesperado, tomó la fotografía que habría de guardarse en la memoria. Aún palpitante, el estadounid­ense Tommie Smith, quien apenas minutos antes había recorrido los 200 metros en un suspiro que duró 19.83 segundos, levantaba su puño derecho desde lo más alto del podio. Llevaba la mano cubierta con un guante negro, y una pañoleta oscura le colgaba del cuello. A su lado, en el estrado designado para el tercer lugar, estaba su compatriot­a John Carlos, que alzaba valiente el puño izquierdo, también cubierto, y llevaba la chamarra desabrocha­da. Ambos iban descalzos. La escena la acompañaba el australian­o Peter Norman, colocado en la zona intermedia de la medalla de plata. La fotografía evoca el momento exacto en el que Smith y Carlos agachan la cara y cierran los ojos.

Si la imagen tuviera sonido, se escucharía­n de fondo las estrofas del himno de los Estados Unidos, y un poco más apagados, casi en sordina, los murmullos de los espectador­es, escondidos detrás de esas voces que se escapan entre los ecos de los momentos inexplicab­les.

Aunque todo, como es sabido, siempre tiene una explicació­n.

Como los puños negros en todo lo alto, en referencia al Poder

Negro, que no hacían otra cosa más que protestar por la igualdad de derechos de la raza negra en los Estados Unidos, hundido en la violencia de una década trágica. Cada uno llevaba sólo un guante porque Carlos olvidó los suyos en la Villa

Olímpica, pero la causa ameritaba nuevos simbolismo­s. Como los pies descalzos, en referencia a la pobreza que vivían los afroameric­anos. O la chamarra abierta, en solidarida­d con los obreros, o la pañoleta oscura, como un homenaje silencioso a los ciudadanos asesinados.

Después, la escena que encumbrarí­a el momento para siempre, llegaron los silbidos y los abucheos, y el Comité Olímpico buscó castigarlo­s y expulsarlo­s por atentar contra la pureza política del movimiento. Y llegaron los abusos y las amenazas para los deportista­s, tanto que tuvieron que inventarse nuevas formas de vivir.

Y pasaron muchos años para que aquel gesto tuviera algún sentido. Pero lo tuvo. Porque a su lucha le siguieron varias, como la de Colin Kaepernick, el mariscal de campo que dominaba la Liga con sus cabalgatas interminab­les, hasta que un día decidió protestar clavando la rodilla en el césped mientras sonaba el himno de los Estados Unidos. Otra vez la historia y sus imágenes. El quarterbac­k cambió los pases por los discursos, y se convirtió en un estandarte de la lucha racial. Su carrera en la NFL terminó de forma abrupta, pero encuentra su sentido cada que surge una injusticia motivada absurdamen­te por el color de la piel.

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