Misa mexicana
Musicalmente, la misa fue en sus orígenes una expresión culta europea que abrevó de fuentes populares que, con el tiempo y tendencias e intereses diversificados, se fue apartando no sólo de lo musical del arte popular; también provocó el alejamiento paulatino de feligreses, manifiesto fundamentalmente desde comienzos de la segunda mitad del siglo pasado.
Ante la necesidad de flexibilizar, digamos, el formato de las ceremonias litúrgicas, hacia 1963 el Vaticano dio a conocer la renovación de varios aspectos no sólo con el fin de evitar la pérdida de creyentes, sino incluso como un intento por adherir más adeptos a su filosofía religiosa.
Con ello vimos, por ejemplo, el surgimiento de las llamadas misas de juventud, en las que generalmente con el empleo de música popular –muchas veces comercial y de pésima factura– gran cantidad de jóvenes fueron los principales nuevos adeptos con el interés de cantar, tal vez (intentar) tocar algún instrumento y ser partícipes de un espacio diferente de convivencia.
Al margen de los eventuales logros del cometido principal, eso provocó una suerte de devastación en el acercamiento de los jóvenes a la música, en lo que pudo haber sido una línea posible para la adecuada –quizá mínima– enseñanza musical (instrumental, vocal).
Ello dio también lugar a la iniciativa de profesionales de la composición musical popular para la creación de obras partiendo de los textos litúrgicos, lo cual significó un retorno a los orígenes en tanto cohabitan de nueva cuenta vertientes de (los) dos hemisferios de la música: el popular y el culto, o música de concierto.
Así, varios compositores allegados a los territorios de las expresiones populares y tradicionales de la música en latinoamérica han vertido las capacidades de su imaginación en la composición de misas como forma musical. En este sentido tal vez la más conocida es la Misa criolla (1964), de Ariel Ramírez (1921).
Con la coherencia y honestidad de convicciones artísticas y éticas propias, Jesús Echevarría (Ciudad de México, 1951) grabó en septiembre de 2005 lo que seguramente es hasta la fecha su más ambicioso trabajo, su Misa mexicana. No es sino hasta hoy que por fin sale el disco a la luz.
Misa mexicana (ConacultaFonca-Coordinación Nacional de Música y Ópera del INBA-Dirección General de Vinculación Regional, Quindecim Recordings, QP 172, México, 2009) es una producción grabada, editada y masterizada hábilmente por Xavier Villalpando.
El compositor contó con las magníficas voces de Lourdes
Ambriz (soprano) y Encarnación Vázquez (mezzosoprano), Ernesto Anaya (tenor) y Jesús Suaste (barítono), con Emilio Perujo, Gerardo Tamez, Baltasar Juárez, Ernesto Anaya, y el propio compositor en el ensamble de instrumentos tradicionales.
Así mismo, los Niños y Jóvenes Cantores de la Escuela Nacional de Música de la UNAM dirigidos por Patricia Morales, el ensamble vocal Fuenteclara que conduce Ethel González, y Salomone Rossi dirigido por Luis Miguel Juárez, se sumaron al portentoso ensamble bajo la sólida y eficaz batuta general de Arturo Quezadas.
Bella y expresiva, tremendamente emotiva, la Misa mexicana es una música de corte abundantemente barroco con tonificaciones de formas tradicionales (por ejemplo, del huapango y ciertos elementos del son) de nuestras expresiones tradicionales, de tal forma que configura una suerte de síntesis de dos mundos musicales pretéritos: uno europeo, otro mexicano.
A la manera de José María Vitier (1954) con su Misa cubana (1996), Echevarría logra siete pasajes, desde el Kyrie hasta el Gracias a Dios, con rigurosa intensidad expresiva.
Finalmente, con Flor purembe en la interpretación sugestiva del Quinteto de Metales Silvestre Revueltas, desde una música vernácula, Jesús Echevarría no hace sino redondear en el disco la síntesis de una posición musical y de vida.