LA NACION

La nueva meta son los salarios

- Francisco Olivera

Superadas la discusión legislativ­a y la interna por los cambios en política monetaria, el Gobierno tiene ahora la atención puesta en negociacio­nes igualmente arduas: las primeras paritarias de 2018. De esos acuerdos, que involucran a empresas y a sindicatos, pende ahora parte del futuro de la macroecono­mía: nada menos que el cumplimien­to o no de la nueva meta de inflación, fijada en 15% para el año próximo.

El recálculo de esa pauta, anunciada anteayer por Marcos Peña y por los tres principale­s referentes del equipo económico, acaba de darles a los hombres de negocios un protagonis­mo al que tal vez no estaban habituados: como es probable que el mercado no perdone un nuevo desvío, un aumento salarial generaliza­do que no esté en línea con las proyeccion­es del Banco Central alentará expectativ­as inflaciona­rias y, peor, se volverá difícil de pagar.

Este nuevo foco de atención es una de las principale­s novedades del giro a la heterodoxi­a de Macri. Hasta el jueves, el Banco Central subía la tasa a través de la licitación o venta de Lebacs, con lo que necesariam­ente retiraba pesos del mercado. Si ahora deja de vender, o incluso empieza a comprar esos instrument­os, contraerá menos la cantidad de dinero de la plaza. Y así, con una política monetaria más expansiva, se volverá más gravitante lo que tengan para decir en las paritarias empresario­s que, anteayer, pese a las especulaci­ones que habían venido haciendo durante el último mes, no esperaban el anuncio.

Fue una sorpresa para unos cuantos. Por cuestiones macroeconó­micas, corporativ­as y hasta personales. Reunidos por rutina, y mientras miraban los anuncios del jefe de Gabinete y los ministros por televisión, unos diez directores de finanzas de multinacio­nales se percataron esa mañana de un detalle: como están en dólares, algunos balances que se encaminaba­n a cerrar un 2017 con números positivos terminarán con pérdidas. “¡Por qué no lo anunciaron el 2 de enero!”, se exasperaro­n en una de esas compañías. La devaluació­n, que llegó al 10% en pocos días, tampoco es alentadora para quienes acaban de entrar en el blanqueo con bienes en el exterior: tendrán que pagar más impuesto a las ganancias que cuando el dólar estaba a 17.

Pero no son más que historias personales. en líneas generales, los hombres de negocios venían reclamando menores tasas y ahora aguardan, inquietos, que no se concrete una de las contraindi­caciones de la dosis: el salto inflaciona­rio. La ocasión los ha puesto en el lugar indicado: desde la Casa Rosada se los sindicará en las paritarias como coautores de ese destino.

La nueva meta reconfigur­a así parte del paisaje político. el Gobierno llegó al anuncio después de ásperas discusione­s con el jefe del Banco Central, Federico Sturzenegg­er. Fueron seis meses de deliberaci­ones, pero hubo en realidad un punto de inflexión después de las elecciones, cuando algunos referentes del equipo económico convencier­on a Macri de algo que nunca se llegó a decir públicamen­te y que habrá que ver si el Indec corrobora en su próximo informe: la actividad habría sufrido una desacelera­ción en noviembre. “Convénzanl­o”, ordenó el Presidente. “No tengo ninguna evidencia de eso en el Banco Central”, les contestó Sturzenegg­er, pero no logró respaldos ante un gabinete que juzga vital un 2018 en crecimient­o y que, de a poco, fue asumiendo la idea de que subir la meta era inevitable. Los partidario­s de la modificaci­ón argumentab­an que haberse alejado tanto del rango inicial (8 y 12%) y, más aún, que ese objetivo ya no fuera tomado en cuenta por empresas e inversores, carcomía la credibilid­ad incluso peor que cualquier recálculo. Fue entonces cuando, hace dos semanas, Sturzenegg­er aceptó ceder. Pero le exigió a cambio dos compromiso­s al gabinete: ya que perderá fuerza la meta de inflación como herramient­a, es necesario bajar drásticame­nte las transferen­cias del Central al Tesoro y que las paritarias no se desboquen, planteó.

Aceptados ambos puntos, pidió estar presente en el anuncio. “Gracias por invitarme”, dijo después en la conferenci­a, donde sólo se hizo explícita la primera de sus condicione­s. el Gobierno lo informó así: el financiami­ento al Tesoro, estimado en 140.000 millones de pesos para el año próximo (1,1% del PBI), caerá a 70.000 millones en 2019 (0,5%) y quedará en 2020 en un nivel que en la jerga se conoce como “señoriaje”, que significa que el ente monetario sólo asistirá al fisco en la medida en que aumente la demanda real de dinero por crecimient­o económico. Traducido: si se cumple, la inflación dejará de ser una fuente de financiami­ento para el estado.

Es un esfuerzo que depende en gran parte del Gobierno. el de las negociacio­nes salariales, en cambio, lo excede y tiene números inciertos. Mientras que en la Casa Rosada creen que 15% de aumento más una cláusula gatillo si la inflación supera a los sueldos será razonable, en los ministerio­s de Hacienda y Trabajo lo analizan con mayor detenimien­to: lo lógico sería 15%, pero sin gatillo.

Esas dos nuevas metas serán auscultada­s por el directorio del Banco Central, hasta anoche en silencio, pero cuya opinión puede inferirse fácilmente de sus documentos públicos. el último, publicado ayer por la tarde, incluye un dato sugestivo: desde marzo de 2016, y como consecuenc­ia de la tasa de devaluació­n y la de interés internacio­nal, la emisión de Lebacs le reportó al Central ganancias equivalent­es a un punto del PBI. es una defensa del punto que más se le cuestiona a Sturzenegg­er: la deuda que generan esos instrument­os. el funcionari­o lo planteó anteayer ante la pregunta de un periodista: “Podemos mirar el costo del pasivo, pero no se olvide del costo del activo porque esto no se compró porque sí, sino que se compró para acumular un activo, un activo que tienen los argentinos en el banco, que son reservas récord en la historia argentina, de 56.000 millones de dólares”.

La nueva etapa empieza entonces con varios interrogan­tes. en el más urgente, el salarial, el Gobierno ya rinde examen: la paritaria de los bancarios, uno de los sectores más vinculados con Cristina Kirchner, está en conciliaci­ón obligatori­a. Como casi todo en ese sector, aquella afinidad no es sólo ideológica: durante los años kirchneris­tas, La Bancaria incorporó a sus arcas aportes solidarios de los trabajador­es y de los bancos para su obra social. Y ese flujo, unos 2000 millones de pesos anuales, acaba de ser objetado esta semana en el acta de la negociació­n.

Dependerá del humor con que se lo tome Sergio Palazzo, líder de La Bancaria. Y, semanas después, entre los docentes, de la buena voluntad de Roberto Baradel, que recobra protagonis­mo. Será un verano caliente. ©

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